CRÓNICAS DE CHILOÉ

Secuencialmente, y luego de terminada la entrega del libro "CRONOGRAMA DE CASTRO EN EL SIGLO XX", procederé a entregarles las recopilaciones de los textos publicados en "El Mercurio", "Las Últimas Noticias" y "La Segunda", en los años en que fui periodista y corresponsal de dichos medios.
Una selección de dichos relatos conforman el "CRÓNICAS DE CHILOÉ", que cuenta con dos ediciones, una en vida y otra ampliada, póstuma.


Aquí adelanto los Prólogos y la Introducción de este libro:

Prólogo:

MARIO URIBE VELÁSQUEZ, PROFESIÓN DE HONESTIDAD

Acabo de releer, una vez más, la primera edición de Crónicas de Chiloé de Mario Uribe Velásquez (Alfabeta Impresores, 1982). He navegado como un lanchón solitario los canales llenos de misterios de sus páginas maravillosas, empujado sin parar por los intensos ramalazos de un poderoso viento sur que no ha parado de soplar en cada una de sus páginas. Palabra a palabra se me fue reconstruyendo un mundo repleto de imágenes familiares a mi memoria, bosques lluviosos, fogones oscurecidos por el humo de unas rajas de luma o de tepú, verdes todavía; cochayuyo y cochayuyeros traqueteando su larga travesía desde las playas infinitas del Pacífico chilote hasta la villa de Castro en la bahía del mismo nombre; reitimientos olorosos, alegres mingas y medanes, santos de vestir, iglesias y procesiones; constructores de lanchas, azuela en mano, configurando, entre todos, un mundo que mi mente ha habitado desde que estos ojos entendieron que eran ojos y comenzaron a descubrir la maravilla que iba tomando forma a su alrededor.
Cierro el libro, todavía flotando en ese mundo reconstruido por sus preciosas palabras, y me encuentro con don Mario, como ausente, mirando el ayer, acodado en la puerta de doble hoja de una casa chilota. Lo veo allí, con la vista ida hacia el pasado, en trance de observación y desciframiento de un mundo que, a fuerza de empeño, todavía trata de ser, y que poco a poco comienza a deshacerse en mito, leyenda o pura invención mantenida gracias al poder cautivador de la palabra escrita y oral. Don Mario echa una larga mirada al ayer con la sabiduría del que ha logrado aprender y aceptar que el pasado no vuelve; que lo que dijo la palabra vivirá solamente si sobrevive la palabra que lo nombra. Por eso su mirada se llena de pasado y su chomba de lana cruda bien tejida le acuna junto al pecho el calor entrañable de esa historia que pasa y se va como el tren que nunca volvió a encontrar la huella de su ruta.
Castro y Chiloé tienen una deuda impagable a la pluma de Mario Uribe Velásquez porque gracias a la belleza de su prosa cronística, en años de incansable mirar, andar, indagar y escribir, nos fue dejando un enorme, policromático y humanísimo mural de la vida chilota, de su flora mojada, de su fauna en peligro, su accidentada geografía, su toponimia melodiosa, sus fiestas, sus santos vestidos, sus lluvias atropelladas, sus majas y sus temporales.  En fin, un riquísimo mural de su cultura, su lenguaje y sus hermosas tradiciones que amalgaman lo hispano, lo europeo y lo originalmente isleño.
En mayo de 1986 coincidieron en mi casa dos grandes escritores que, cada uno a su manera, han sabido pintar nuestro sur con un lenguaje personalísimo y hermoso: Francisco Coloane Cárdenas y Mario Uribe Velásquez. En aquella oportunidad, don Pancho dijo a los presentes con su voz de océano: “Mario Uribe tiene un libro que yo tuve el honor de prologarle. Alguien dijo que lo había comparado con Darwin, y para mí Darwin no fue un escritor de cuentos sino que fue un poeta. Quien lo sabe leer es como leer las crónicas de Mario Uribe, con una cosa interior que hay que descubrirla.” Esa cosa interior que hay que descubrir es una de las tareas más hermosas y gratas que aguardan al lector en las páginas de esta segunda edición ampliada de Crónicas de Chiloé que, en casi el doble de páginas que la primera entrega, nos ofrece una visión profunda, aguda y enormemente poética de esa tierra donde los mitos se hacen realidad y la realidad el mito que se vive cada día.
            Gracias don Mario por estas crónicas maravillosas que reviven e iluminan la historia y la memoria, y gracias, también, por su vida entera que ha sido profesión de honestidad, de afecto y de luz en medio de las peores tormentas.

                                                                        Carlos Trujillo Ampuero
                                                                        Villanova (EEUU), mayo del 2003


Prólogo a la primera edición:
De isla en isla

CARLOS DARWIN es el primer corresponsal universal que coincide con las apreciaciones de las “Crónicas de Chiloé” de Mario Uribe Velásquez.
En efecto, en su "Viaje de un naturalista alrededor del mundo", escribe que el capitán Fitz-Roy "deseando obtener datos exactos acerca de algunos puntos de la costa occidental de Chiloé, convino conmigo en que me dirigiría a Castro con Mr. King, y que desde allí atravesaríamos la isla para ir a la Capilla de Cucao, situada en la costa occidental. Nos procuramos un guía y caballos y nos pusimos en camino el 22 por la mañana. Apenas partimos se nos reunieron una mujer y dos muchachos que hacían el mismo viaje. En ese país, único quizá de la América del Sur en que se puede viajar sin llevar armas, pronto se entabla conocimiento.
"Durante el verano, muchos indios van errantes por las selvas, principalmente en las partes más elevadas de la isla, allí donde los árboles no están tan espesos; van a la búsqueda de los ganados semisalvajes que comen las hojas de las canas y de ciertos árboles. Uno de esos cazadores fue el que descubrió por azar, hace algunos años, a la tripulación de un navío inglés que se había perdido en la costa occidental; las provisiones empezaban a agotarse, y, probablemente, sin la ayuda de aquel hombre, jamás habrían podido salir de aquellos bosques casi impenetrables; un marinero murió de fatiga en el camino. Los indios, durante sus excursiones, regulan su marcha según la situación del sol, de tal suerte que si el tiempo está cubierto se ven obligados a detenerse en espera de la aparición del rutilante astro que iluminará su camino. Hace un tiempo admirable; un gran numero de árboles cargados de flores perfuman el ambiente, Además, los numerosos troncos de los árboles muertos, erguidos como otros tantos esqueletos, dan siempre a las selvas vírgenes un carácter de solemnidad que no se encuentra en las de los poises civilizados desde hace mucho tiempo. Poco después de la puesta del sol, establecemos el vivac para pasar la noche. La mujer que nos acompaña es en conjunto bastante linda; forma parte de una familia de las más respetables de Castro, lo cual no impide que monte a caballo lo mismo que un hombre".
Bastaría este relato de "lo real maravilloso "para prologar las páginas de Uribe, que, como corresponsal de "El Mercurio" y "Las Últimas Noticias", ha ido de isla en isla describiéndonos con una prosa directa y rápida, lo que Darwin vio con sus ojos de joven sabio en la travesía de la Isla Grande a fines de enero de 1835.
Pero el 31 de marzo de 1978, en la crónica "El arte también yace en la playa", Mario Uribe se encuentra con un anciano ex ballenero de los que surcaron los oleajes de Cucao a la caza del gran cetáceo. Diseminadas en la arena, hay costillas, vértebras y grandes quijadas de las ballenas de barba, que medían casi un tercio de sus cuerpos. Para demostrarlo, levantan una mandíbula y la apuntalan con una costilla que semeja la cuaderna del navío que la arponeo.
En otra isla, Caguach. se ilumina la tarde con banderas chilenas al aire en la fiesta del santo patrono: El Cristo de Caguach. "La banda tocó por última vez, mientras los que quedaron hicieron "maiche" con sus pañuelos (despido) a sus hermanos, entonando estos significativos versos: "Blanca estela de la mar/ no abandones mi barquilla/ síguela a segura orilla/ las tormentas al bramar"."
Uribe es chilote de nacimiento, como yo, de la Isla Grande de Chiloé. Él, un joven profesor, al que tengo el honor de presentar como escritor. Ambos nos identificamos con las sangres de nuestra tierra de islas; cuyos orígenes surgen con el cochayuyo, el luche, la verde lamilla que alimenta nuestros róbalos y abona nuestros papales de flores solferinas en cada primavera. El archipiélago fue formado por un trozo de la Cordillera de la Costa de Chile, más antigua que los Andes, y las morrenas de los glaciares que dejaron sus cimientos de piedra cancagua desde la edad terciaria del planeta. No existía el hombre entonces, pero de isla en isla fue surgiendo la vida del mar, del cielo y de esas areniscas terciarias. Terremotos y maremotos las han asolado; como los de mayo de 1960, que las hicieron descender más de un metro del nivel del mar.
Pero el 24 de agosto de 1978, Mario Uribe llega al cementerio de San Juan de la Costa, en la comuna de Dalcahue, "que en las altas mareas queda rodeado de agua, incluso sumergido. Cruces abandonadas e inclinadas, murallas destruidas, rejas en el suelo, restos de algas marinas... olor a mar".
Sin embargo, anteriormente, el 24 de abril de 1977: "Llegó a Tocoihue y me asombran la belleza del lugar y las hermosas líneas de la casa rodeada de yuntas y hombres que preparan la faena para arrastrarla río abajo...
"Y entre "tirada y tirada" se suspende brevemente la minga, a la voz de "esta sí que fue buena, compadre" o "me caigo, que tiraron bien los fiuras...", para que resuellen los bueyes, mientras un muchacho "corre la chuica" y otros se pasan de mano en mano "el cuero", la "pamplona "o la "morocha", como llaman a la bota española. Son campesinos que llegan a trabajar dos días con sus respectivas noches, sin cobrar un solo centavo".
En verdad, así somos nosotros los chilotes cuando hacemos una minga para reponer las tejuelas de alerce que nos ha llevado un temporal de invierno, y si las yuntas ya no resuellan, y alguien nos critica, le decimos simplemente: tráeme otros bueyes para seguir tirando la rastra en el sembrado o la casa rescatada de la "salida de mar".
Gracias por tu libro, Mario Uribe, que me renueva los días y las noches de los trabajos chilotes.
 
Santiago de Chile, 19 de julio de 1982.
Francisco Coloane

Comentarios a la Primera Edición:


Esta colección de crónicas del profesor Uribe, nos muestra el mundo chilote con excepcional maestría. Él es un testigo de su pueblo y de su archipiélago, que nos pasea por un universo, extraño y embrujador, en el cual la fantasía y la realidad se confunden como las figuras difuminadas por la bruma de su húmedo clima. Mito y realidad se viven al unísono, con el alma y el cuerpo, dos y uno al mismo tiempo y en este caso nunca se sabe si se trata de desdoblamientos; cuál es el mito, cuál la realidad.
            En estos relatos todo se ve transformado por la lluvia, tal cuando brilla, fugaz, el sol; tornasolado, verde, azul intenso en cielo y mar y color de plomo, a veces, sin que sople una brisa y el mar parezca un desierto liso, gris y reluciente. Y en ese mar y en esas islas, los hombres son como una resultante mágica de hospitalidad y de acciones tan inusuales en otro mundos deshumanizados, como la minga y el medán, o en ese deambular no sólo de los habitantes y los brujos vagabundos, sino de esas casas que se trasladan de horizontes con el esfuerzo de la “tiradura”, en una curiosa acción colectiva, que trata de contrarrestar el individual y tan insular aislamiento; otra suerte de romerías, con otro fin, como aquellas destinadas al culto a Dios, a la Virgen y a los Santos, cuya imaginería constituye una escuela escultórica propia.
            A quien, como yo, allí tiene el paso de alguna de sus raíces, y aquel que ningún otro nexo tiene, sino su afecto o su curiosidad, quedará con el regusto en los labios al leer este libro sin epílogo, porque podrá seguir escribiéndose como los cuentos de nunca acabar, ya que Chiloé posee intemporalidad y eternidad, como tantos rasgos de lo hispánico, llenos de una personalidad que hace del Archipiélago algo único y distinto, no sólo en las estrecheces de las fronteras de Chile, sino en el ancho mundo y en el más allá del pasado y del futuro.

ISIDORO VÁSQUEZ DE ACUÑA. DR. PHIL. & LIT.
Académico de la Historia
Director del Instituto de Investigaciones del Patrimonio Territorial de Chile
Universidad de Santiago

Las “CRÓNICAS DE CHILOÉ” de Mario Uribe constituyen el más notable documento sobre el hombre de Chiloé y su cultura: testigo ágil de los hechos que describe hace interesarse al lector sobre los diversos aspectos del rico mundo insular. El tema de su valiosa arquitectura en madera –iglesias, viviendas, palafitos- aparece como el gran escenario en que se desarrolla la vida chilota, la sociedad que le dio origen y que posibilita su desarrollo, mostrándola a través de sus valores antropológicos y espaciales.

HERNÁN MONTECINOS Barrientos
Profesor Historia de la Arquitectura
Facultad de Arquitectura y Urbanismo
Universidad de Chile

Las “CRÓNICAS DE CHILOÉ” constituyen un rico material literario para todo lector. Al mismo tiempo, son valiosas fuentes de material de estudios antropológicos para cientistas sociales y estudiantes.
            Las crónicas están, diría, emparentadas con un importante campo que hoy se denomina “Antropología como Literatura”. En efecto, ellas contienen valiosos datos, producto de la observación y experiencia en terreno, sobre instituciones, religión, economía, arquitectura, formas de relaciones comunitarias, cambio social, medicina popular, etc., de Chiloé. El autor usó, a veces, la técnica de la “historia de la vida”, que los antropólogos utilizan, y que, como en el caso del constructor de botes de la comunidad de San Juan, son piezas científicas y, al mismo tiempo, de impacto literario. Uribe, en esta obra, se acerca, a través de una penetrante literatura, a diversas ciencias sociales, enriqueciéndolas y, me atrevo a decir, dio con ella, antes, un impulso al periodismo científico de nuestro país.

CARLOS MUNIZAGA AGUIRRE
Profesor de Antropología
Facultad de Filosofía, Humanidades y Educación
Universidad de Chile

            CRÓNICAS DE CHILOÉ” es un deleite para el chilote amante de su terruño y para el emigrante o el turista en contacto con una naturaleza bravía y gente hospitalaria del bordemar, en una carcajada de islas embrujadas de encanto, de extraordinaria belleza, como fragmentos cósmicos lanzados a la mar allá en los canales y fiordos del sur de la patria, zarpando a sotavento junto al Caleuche rumbo a los palafitos de oro de la Ciudad de los Césares...
            Mario Uribe Velásquez, hijo de esa tierra, como yo, descubre y redescubre la intimidad sorprendente de un pueblo agromarítimo, laborioso y creador, noble y solidario, de perfil único.
            Síntesis y descripción vivencial notable del entorno físico, espiritual y humano del archipiélago de Chiloé. Obra magistral que permite, a través de sus páginas, respetar y querer aún más a una comunidad inmersa en la historia y la leyenda.

MARIO OYARZÚN GÓMEZ
Profesor de Currículo y Evaluación Educacional
Facultad de Filosofía, Humanidades y Educación
Universidad de Chile

No hay comentarios:

Publicar un comentario